lunes 31 de agosto de 2009

Madrid-izándome.

 

 

Me resultó bastante cómodo bajarme del tren y coger el metro en Atocha. En menos de diez minutos llegué a la estación de Sol. El contraste es enorme. Primero estás en un tren unas cuatro horas, luego en una estación rodeada de estructuras metálicas, muy gris. Cuando vas entrando en Madrid parece como si entraras en una ciudad futurista de los años setenta, aunque le falta el blanco de la fibra de vidrio. Cuando sales por Sol, todo cambia. Aún me siento extraño cada vez que salgo del inframundo, que es el metro. Salir a la superficie en el centro de la ciudad sin haber pasado por su superficie es literalmente “plantarte en medio de Madrid de sopetón”. Repito: Muy cómodo. Es casi como teletransportarse.

Instantáneamente (de verdad) mi prima Estela apareció de una esquina gritando mi nombre, con una de esas sonrisas que suelo ver poco, muy poco. Corrí atravesando la masa de calor y luz (creía que Madrid no era tan luminosa, soy un maniático de la luz) y llegué hasta ella. En menos de cinco minutos estábamos en su oficina. Desde ese momento comencé a fijarme en todo. No sé cómo mis maletas consiguieron llegar a las oficinas de Acnur, realmente iba levitando por las calles sin hacerles mucho caso. Me seguían, casi. Cada esquina de esta ciudad tiene una enorme intención de ser única. Las torres con techos de pizarra, los balcones interminables con mil trillones de molduras colosales…

Tras haberme presentado mi prima a todo el equipo de Acnur (y casi robarle de las manos el Mac al diseñador gráfico) me fui a la calle Fuencarral a echar Currículos, así pasé varias horas.

Digamos que el grueso de mi estancia aquí consta de eso, echar Currículos.  El otro cincuenta por ciento (o menos) de actividades son, casi por orden de preferencia:

Andar y ver.

Entrar y tocar.

Entrar, pedir un café e irme. Y con café en mano, Andar y ver de nuevo.

Examino TODO lo que mi cerebro me permite. Y gracias a mi aburrimiento he podido ir conociendo un poco mejor a los madrileños (aunque aquí poca gente es de Madrid).

Me llaman la atención varias cosas. Como que son premeditadamente “magníficos”, lo que en Cádiz, y supongo que en más sitios, se les llama “capitolinos”. Son como en la Zarzuela, unos chulos sin sentido. Creo que exageran su acento, y cuanto más melódico sea, más de Madrid son. No hay cafetería, discoteca o tienda en la que no haya un fifty fifty de educación y agrado mezclada con malísima educación. El que es maleducado aquí, es abominablemente maleducado. Pedirte un cubata en una discoteca, aunque esto lo sabemos todos, es un acto de lujo. Y como dice Fran, esta ciudad está pensada para que consumas, partiendo de que no hay bancos en un largo tramo de Gran Vía para que no te pares a descansar o contemplar los edificios color cremita, sino te pongas a entrar en las tiendas a coger el fresco de los aires acondicionados y, de paso, te compras un iPhone, un menú del Burger King, un café en el Starbucks, un disco en la Fnac, un bolso para tu madre en la boutique de Louis Vuitton, una camiseta atrevida en la de Custo Barcelona (¿veis? es un no parar) unas zapatillas de deporte en la tienda Nike, un consolador en el sex shop, un bote de carbohidratos en “viva el músculo” de Fuencarral, unas pulseritas, un reloj… ¡Uf! Ya me he cansado. A casa.

miércoles 5 de agosto de 2009

El chico.

 

 

Dejó su cuaderno en la mesilla de cristal. Con sosegado ímpetu, se levantó y se dirigió al mueble bar. Esperó un segundo, como detenido ante la encimera de mármol de éste, pensando en qué serviría a su invitado. Luego, como a cámara lenta, o al menos eso le pareció a Benjamín, que esperaba en el diván, volvió su cabeza y lo miró como un águila.

-¿Sabes qué he estado anotando en mi cuaderno?

-No. Dime.

-Pues muchas cosas. Comenzando por tu nariz de chico fino.

-¿Y terminando?

- Terminando por esa mirada tan premeditada de ligero misticismo.

- Entonces, ¿me has retratado?

- Sí. Lo he intentado.

Al chico, que preparaba los Spritz con detallada soltura, le resultó un reto retratar al bello Benjamín. En esos momentos deseaba contarle lo difícil que le había resultado. A los artistas, cuando algo les atrae y desean plasmarlo en el papel, se le plantean dos problemas que luchan entre sí: lo físico y lo mental.

-¿Sabes? tu cara es bellísima. Y tu mente, resumiendo, también lo es. Me he perdido en tu nariz, en tus párpados y tus pestañas. Precisamente en tus ojos he podido ver una puerta a lo que pensabas, y entrar en ti. A partir de ahí, dibujaba sin mirarte. Dibujaba tus ideas, o al menos, mi interpretación de ellas. Es por eso por lo que quizá no te parezcas mucho en este retrato.

- ¿Qué lleva el Spritz, Iago?

Señalando los ingredientes con el dedo, y reposando su pierna derecha como un diadúmeno de policleto, alzado su cuello largo y su ceja levantada, contestó.

- Apperol, lleva Apperol. Es una bebida digestiva que tengo que pedir por encargo. Se le puede añadir también Campari, pero así sabe más amargo, por la naranja, ya sabes. Éste es el ingrediente principal. Recuerda: Apperol. Luego lleva vino blanco frizzante, que no es más que champagne, un poco de agua, soda, y una aceituna.

- Es ahora cuando yo podría decir que tú también premeditas tu finura y tu “misticismo”. ¿No crees?

- Tendrías el derecho, sí. Y no te equivocas. Pero ¿sabes? sé por dónde vas. Te entiendo. Sé que piensas que beber Spritz veneciano es un adorno más de los míos. ¿Sabes por qué se inventaron los adornos? Para disfrutarlos. Qué más da ahora si disfrutamos de un Spritz como dos viejas que beben Martini. Qué más da si tu pajarita medio desabrochada es de Dior. Qué más dan éstas pinturas de Nicola Verlato.

- Eso mismo te pregunto. ¿Qué más da?

- Claro. Ahora sé que piensas que todo en mí, si saliera ardiendo, quedaría desnudo ante la fuerza de las cosas útiles y verdaderas, ¿cierto?

- Bueno, no desvirtúo el valor de esa idea. Puede ser que sí, que se me haya pasado por la cabeza eso que has dicho.

- Lo entiendo. Lo mismo pensé de tí. Pero quizá, imbécil, que lo hayas pensado antes de mí que yo de tí no te de la licencia para ganar nada en este juego. Lo estás estropeando todo. Preferiría tomarme el Spritz sentado a tu lado e interactuar. Pero antes de eso…

-Prefieres explicarme más cosas.

- Exacto.

- Adelante, pues. Estoy a tu disposición. Recuerda que hemos quedado en dormir juntos.

- Bien. Benjamín. Ni tú ni yo somos dos mentes paradas. No es necesario ser un austero autoimpuesto por el mero hecho de tenerlo ya todo. ¡Seamos francos! Sabes lo que te digo, ¿no? Sabes que eres un chico ejemplar, y sabes que yo soy deseable. Tenemos dentro la chispa de la juventud que galopa rápido, muy rápido. La mezcla perfecta de bondad y maldad, la mezcla perfecta de deseo y generosidad.

- Bueno, entiendo lo que dices. ¿Pero qué tienen que ver en todo esto todos estos ademanes materiales?

- Todos estos ademanes que tú tan bien conoces y disfrutas como yo. Todos. Y más, quizá. No son más que nuestros juguetes. Reconócelo. Nuestras vidas ya están hechas a los veintitrés años. No tenemos nadie a quien juzgar. ¿O lo que hacemos en el café es juzgar? No, Benjamín, no es juzgar. Es criticar como malas personas que fingimos ser por el morbo que nos da.

Yago y Benjamín se miraron. Luego sonrieron. Benjamín abrió su paquete de tabaco. Marlboro Lights mentirosos, pues dentro había Marlboro de los normales.

- Adoro estos paquetes. No tienen un diseño tan americano como podría parecer ¿No crees, Iago?

-No, aunque ya sabes que para mí todo está italianizado. Como el Spritz. Dame un pitillo.

Benjamín le ofreció un cigarro encendido a Iago, que se acercó sinuosamente al terciopelo azul cobalto del diván.

- Benjamín. Sabes de sobra que la vida necesita ser complicada. Sabes de sobra que comenzamos a aburrirnos de ella hace tres años, estimo. Ahora sí, sí, no sabemos qué hacer con nuestras vidas pero sabemos que lo controlamos. Probablemente yo acabaré huyendo de esta ciudad y tú cambiarás de círculos. Pero sabes que siempre estás en un equilibrio perfecto entre la temperatura de tus circunstancias y tu temperatura corporal.

- Es cierto. No sé de qué nos quejamos.

- Entonces ¿me prestas la aceituna de tu Spritz? Sólo quedaban estas dos.

- Toma, caprichoso.

 

Iago, con su pelo negro alborotado, observaba las fibras de sus piernas frente al espejo de la habitación. Se soñaba bailarín, rodeado de esbeltas figuras clásicas. Luego miró a un Benjamín fumador, encastrado en un diván de cuatro de la mañana. Parecía derretirse entre sueño, tabaco y alcohol.

- Ahora mismo llamaría a Luis. Es muy divertido. Y siempre acude cuando lo llaman ¿Lo llamamos? Quizá ya esté aburrido de sus amiguitas que van tirando a viejas.

- Es muy bello.

- Sí, casi tanto como tú, así que no te preocupes.

- No, si no pasa nada. Si lo llamas, quizá traiga alguna botella interesante.

- Pero si estás dormido.

- No, estoy en estado de reverie. Adoro tus piernas.

- Putita.

 

Benjamín se despertó. Su frente sudaba, era algo que odiaba casi tanto como ver amanecer sin haber dormido. Y para colmo, amanecía con tan sólo unas… Miró su reloj. Dos horas. Iago estaba a su lado, sumido en lo que parecía un complaciente sueño. Su camisa estaba abierta, le sudaba el torso. Sujetaba en sus manos una argamasa de objetos de manera casi milagrosa. El cenicero, la copa y la chaqueta, quizá esta última hacía de base para los incómodos objetos de sueño. Se los quitó de encima y los depositó en la mesilla, junto al cuaderno.

- Iago…

Abrió el cuaderno. Prefirió no mirar dibujos anteriores, pudo vislumbrar muchos torsos desnudos. Todos cortados por el mismo patrón, parecía, y mejor dicho, dibujados del mismo lápiz.

La última página, húmeda aún por gotas de Spritz, coloreada de naranja Apperol en salpicaduras de chico enérgico, estaba dedicada a él. Los trazos eran como serpientes geométricas exaltadas en cólera. Benjamín frunció el ceño y miró a Iago. Siguió observando el retrato. Me imaginaba más suave. Esquinas y ángulos describían sus facciones. Realmente, Iago había clavado su presencia simétrica, el milagro de sus ojos claros como una niebla profunda. Sus cejas rectas y ascendentes, que dan sombra a un párpado curvo y perfecto, como una bóveda de medio cañón. Rectas, líneas rectas. Se levantó de un salto y pudo comprobar que estaba desnudo. Cogió el pañuelo de seda de Iago, desabrochado, que pendía del brazo del diván, y se limpió el cristalino y escamado semen de Iago, pegado a su abdómen.

- Menuda porquería- se le escapó en voz baja.

Pero no puedo evitar oler el pañuelo, mientras se dirigía al espejo. En él se miró de cerca y vio su marcada mandíbula volverse contra él.

- Tengo cara de cabrón. Tengo cara de niño fino y estúpido.

Iago, en cambio, era un efebo capaz de traducir su belleza en trazos mágicos y negros. Lo envidiaba. Envidiaba su punzante sinceridad autodestructiva, sus manos delgadas que lo tocaban como con la intención de memorizar cada una de las coordenadas de sus células y la cota de todas las curvas de su definido cuerpo. Fue en ese momento, cuando el Spritz reflejaba la más naranja luz de todas cuantas había visto, amanecía despacio pero rápido, y Iago gemía entre sueños, y olía a aceituna, cuando Benjamín prefirió irse de allí, a sabiendas de que debería quedarse toda una vida.

jueves 9 de julio de 2009

ID.

En esta era digital, a algunos por desgracia, pero a otros como venido del cielo, nos ha caído el poder de crear ilusiones.

Pero no. No. No nos equivoquemos. No son esas ilusiones de antes, de hace cincuenta años. Hablo del concepto de “ilusionismo”. Resumiré esta idea anticipando el resultado de una suma de dos factores. Digital + Interés Personal= Falacia.

En el mundo digital, los hechos no interesan. Y aún más, se dan por hechos, valga la redundancia. Alguien dice “me encantas” y tu acostumbrada mente binaria dará por hecho que esa persona ha tenido las vivencias suficientes o oportunas para considerarte encantador.

En el mundo digital, crear un mundo “queestáporhacer” no es ilícito, es lo natural. Los hechos jamás han de ser cuestionados porque el que de nada sabe, nada entiende.

Así pues. Yo soy un Jaime Mercant frívolo, porque no puedo demostrar con mis hechos, mis gestos ni mis palabras cuáles son mis inquietudes reales. En mi mundo digital soy un chico guapo, y ya por el hecho de serlo debo ser un creído en el mundo real. En mi mundo digital soy un artista, por lo que se me aplicará la actitud de ser controvertido. En mi mundo digital soy comunicativo, por lo que deberé ser alguien solitario ansioso por que se me escuche. En mi mundo digital no me importa mostrarme, por lo que debo ser un exhibicionista sin escrúpulos. En mi mundo digital no critico a nadie, por lo que debo ser peligrosamente encantador. Qué seré para esta página blanca en tu explorador será siempre una cuestión difícil de descifrar, más aún cuando en el mundo real sigue siéndolo.

Curiosamente, en el mundo real comunico lo preciso, critico sintéticamente lo que me parece mal. Ando todo el día riéndome y dejando a un lado la vida complicada. Mis palabras no son correctas ni mi gramática tan sobresaliente. Mi físico es lo último que puede llegar a tu retina, y huelo muy bien.

jueves 2 de julio de 2009

¿Y qué?

Si ya tengo algo más que hacer y ya me abandonaste. Que me he levantado todas las mañanas pensando cómo hacerlo sin ti, y lo que no eres tú pero que como si lo fuera. Capullo, capullo integral.

Si no tengo dinero porque jamás tuve enchufe en los bares.

Si no quiero juntarme porque desde mi ventana lo veo todo mejor. Y yo sólo quiero mi playa, mi mini bañador y olor a sal y algas durante dos días seguidos. Tener el pelo por fin más claro a causa del agua y del sol. Andar descalzo a comprar.

Y qué joder. Y qué. Si ya sabéis que no todo me da igual pero me lo hago.

Y qué.

domingo 12 de abril de 2009

Quiero que llegue

 

 

Quiero que llegue mi límite, estar al borde de la situación. Decepcionarme del todo. Alegrarme del todo. Acabar de raíz. Quiero estar harto, quiero estar acabado, o nuevo.

Pero así, no. Nunca a medias.

jueves 26 de marzo de 2009

Arriba

 

 jaime en sevilla desde abajo

 

No por qué, pero siempre tendemos a ir arriba.

Abajo es siempre el punto de inicio.

Arriba, un eterno final, el final de otro principio. Y redundan los días, siempre en el mismo lugar. Y redundan las palabras y las imágenes, saltar o esperar…

Vamos, que esto no va a acabar. Cómo me jode el amor cuando no es amor. Cómo me duelen las costillas y las vértebras cuando tus oídos se llenan con otras palabras. Aire. Aire es lo que tengo dentro. Aire viciado, irrespirable y encerrado.

Empezaría desde cero todos los días, reciclando y olvidando lo acontecido el día anterior. Pero la inercia es más fuerte que mi capacidad de exploración. El inicio es engañoso. El final imperecedero. Adoré a los dioses demasiado.

Un barquito volador, un castillo centelleante que se cierne en tu cabeza. Eso soy yo. Puro papel. Puro ideal, pura visión. Energía privada. Y que de la cabeza al papel,  no saldrá de ahí, y se quedará plana hasta la eternidad.

Yo tan sólo quiero… Yo tan sólo quiero

miércoles 25 de marzo de 2009

verdes/ marrón ámbar con un toque de verde oscuro. Negros, vaya.

 

 

Con lágrimas en los ojos y cero ánimos de dar pena, pues dentro de las paredes de esta habitación todo queda encerrado, he comenzado escribir. Dejo fluir mi pena. La dejo para mí. Algún día servirá para algo más. Para alguien más. Una sonrisa puede alegrarme la mañana. Una lágrima puede girar el transcurso del resto del día. Ambas situaciones son igualmente trascendentales o, mejor dicho, llevan a situaciones de trascendencia. O al menos… Ojalá sea así.

Mi isla se hunde, lleva meses hundiéndose. Lentamente, con una fuerza arrolladora.

Y lo comprendo. Las islas de todos nosotros se hunden alguna vez. No siempre hay verano y cocktails. No todo son cuerpos brillantes y sal marina. No todo estará siempre sumergido en aires de esperanza. Y lo comprendo.

Por eso hay que construirse un barquito. E irse. Irse a otra isla. No cabe otra. No hay más que hablar.

Pero me faltan las fuerzas… ¡No! Sé que no es eso. Me faltan las ganas. Ganas. De eso se trata. Ganas de volver a empezar, ganas de aceptar. ¡Aceptar! De eso se trata. Y me encanta ir percatándome de lo que realmente pasa. Creo que acostumbro demasiado a huir de la realidad. Huir… Es una palabra terrible.

Me encantaría creerme que cualquier día puede ser el primero. Me encantaría volver a empezar. Mirarte y no temblar. (¿pertenece esto a una canción?) Mirarte, mirarte a los ojos como la primera vez. Ver en ellos lo que sé que ya he visto. O no, mejor. No ver nada aún. Como el primer, primer, primer día… Ver sólo un color que, cuando vamos conociendo a una persona vas definiendo. Al principio… Ese primer día… Me parecieron negros. Luego me parecieron marrón clarito y, creo que a los meses… Oh, fue genial: Eran verdes, mi color favorito.

Quién volverá a asombrarme así. Quién volverá a hacer que quiera levantarme todos los días, y que pueda dormir con tranquilidad.

Hoy… Ojalá hoy fuera ese día, aquél primer día. O si esta postura es demasiado cobarde… Ojalá el día de hoy fuera el primero. Un primer día de mi vida sin ti. Siendo aún tus ojos negros para mi. Estando aún en un lugar que no conozco, andando a cientos de kilómetros de mi. Pensando exactamente lo mismo que yo, imaginando un mundo nuevo con aquella persona cuyos ojos también serán negros, y luego marrones, y luego marrón ámbar con un toque de verde oscuro: negros a los ojos de todos, pero tu color favorito.

 

 

 

 

la camisa blanca

 

 

Polaroid tomada por Coco Capitán. Atelier Solitas. 6 de marzo. Aquél 6 de marzo… Cádiz.