Dejó su cuaderno en la mesilla de cristal. Con sosegado ímpetu, se levantó y se dirigió al mueble bar. Esperó un segundo, como detenido ante la encimera de mármol de éste, pensando en qué serviría a su invitado. Luego, como a cámara lenta, o al menos eso le pareció a Benjamín, que esperaba en el diván, volvió su cabeza y lo miró como un águila.
-¿Sabes qué he estado anotando en mi cuaderno?
-No. Dime.
-Pues muchas cosas. Comenzando por tu nariz de chico fino.
-¿Y terminando?
- Terminando por esa mirada tan premeditada de ligero misticismo.
- Entonces, ¿me has retratado?
- Sí. Lo he intentado.
Al chico, que preparaba los Spritz con detallada soltura, le resultó un reto retratar al bello Benjamín. En esos momentos deseaba contarle lo difícil que le había resultado. A los artistas, cuando algo les atrae y desean plasmarlo en el papel, se le plantean dos problemas que luchan entre sí: lo físico y lo mental.
-¿Sabes? tu cara es bellísima. Y tu mente, resumiendo, también lo es. Me he perdido en tu nariz, en tus párpados y tus pestañas. Precisamente en tus ojos he podido ver una puerta a lo que pensabas, y entrar en ti. A partir de ahí, dibujaba sin mirarte. Dibujaba tus ideas, o al menos, mi interpretación de ellas. Es por eso por lo que quizá no te parezcas mucho en este retrato.
- ¿Qué lleva el Spritz, Iago?
Señalando los ingredientes con el dedo, y reposando su pierna derecha como un diadúmeno de policleto, alzado su cuello largo y su ceja levantada, contestó.
- Apperol, lleva Apperol. Es una bebida digestiva que tengo que pedir por encargo. Se le puede añadir también Campari, pero así sabe más amargo, por la naranja, ya sabes. Éste es el ingrediente principal. Recuerda: Apperol. Luego lleva vino blanco frizzante, que no es más que champagne, un poco de agua, soda, y una aceituna.
- Es ahora cuando yo podría decir que tú también premeditas tu finura y tu “misticismo”. ¿No crees?
- Tendrías el derecho, sí. Y no te equivocas. Pero ¿sabes? sé por dónde vas. Te entiendo. Sé que piensas que beber Spritz veneciano es un adorno más de los míos. ¿Sabes por qué se inventaron los adornos? Para disfrutarlos. Qué más da ahora si disfrutamos de un Spritz como dos viejas que beben Martini. Qué más da si tu pajarita medio desabrochada es de Dior. Qué más dan éstas pinturas de Nicola Verlato.
- Eso mismo te pregunto. ¿Qué más da?
- Claro. Ahora sé que piensas que todo en mí, si saliera ardiendo, quedaría desnudo ante la fuerza de las cosas útiles y verdaderas, ¿cierto?
- Bueno, no desvirtúo el valor de esa idea. Puede ser que sí, que se me haya pasado por la cabeza eso que has dicho.
- Lo entiendo. Lo mismo pensé de tí. Pero quizá, imbécil, que lo hayas pensado antes de mí que yo de tí no te de la licencia para ganar nada en este juego. Lo estás estropeando todo. Preferiría tomarme el Spritz sentado a tu lado e interactuar. Pero antes de eso…
-Prefieres explicarme más cosas.
- Exacto.
- Adelante, pues. Estoy a tu disposición. Recuerda que hemos quedado en dormir juntos.
- Bien. Benjamín. Ni tú ni yo somos dos mentes paradas. No es necesario ser un austero autoimpuesto por el mero hecho de tenerlo ya todo. ¡Seamos francos! Sabes lo que te digo, ¿no? Sabes que eres un chico ejemplar, y sabes que yo soy deseable. Tenemos dentro la chispa de la juventud que galopa rápido, muy rápido. La mezcla perfecta de bondad y maldad, la mezcla perfecta de deseo y generosidad.
- Bueno, entiendo lo que dices. ¿Pero qué tienen que ver en todo esto todos estos ademanes materiales?
- Todos estos ademanes que tú tan bien conoces y disfrutas como yo. Todos. Y más, quizá. No son más que nuestros juguetes. Reconócelo. Nuestras vidas ya están hechas a los veintitrés años. No tenemos nadie a quien juzgar. ¿O lo que hacemos en el café es juzgar? No, Benjamín, no es juzgar. Es criticar como malas personas que fingimos ser por el morbo que nos da.
Yago y Benjamín se miraron. Luego sonrieron. Benjamín abrió su paquete de tabaco. Marlboro Lights mentirosos, pues dentro había Marlboro de los normales.
- Adoro estos paquetes. No tienen un diseño tan americano como podría parecer ¿No crees, Iago?
-No, aunque ya sabes que para mí todo está italianizado. Como el Spritz. Dame un pitillo.
Benjamín le ofreció un cigarro encendido a Iago, que se acercó sinuosamente al terciopelo azul cobalto del diván.
- Benjamín. Sabes de sobra que la vida necesita ser complicada. Sabes de sobra que comenzamos a aburrirnos de ella hace tres años, estimo. Ahora sí, sí, no sabemos qué hacer con nuestras vidas pero sabemos que lo controlamos. Probablemente yo acabaré huyendo de esta ciudad y tú cambiarás de círculos. Pero sabes que siempre estás en un equilibrio perfecto entre la temperatura de tus circunstancias y tu temperatura corporal.
- Es cierto. No sé de qué nos quejamos.
- Entonces ¿me prestas la aceituna de tu Spritz? Sólo quedaban estas dos.
- Toma, caprichoso.
Iago, con su pelo negro alborotado, observaba las fibras de sus piernas frente al espejo de la habitación. Se soñaba bailarín, rodeado de esbeltas figuras clásicas. Luego miró a un Benjamín fumador, encastrado en un diván de cuatro de la mañana. Parecía derretirse entre sueño, tabaco y alcohol.
- Ahora mismo llamaría a Luis. Es muy divertido. Y siempre acude cuando lo llaman ¿Lo llamamos? Quizá ya esté aburrido de sus amiguitas que van tirando a viejas.
- Es muy bello.
- Sí, casi tanto como tú, así que no te preocupes.
- No, si no pasa nada. Si lo llamas, quizá traiga alguna botella interesante.
- Pero si estás dormido.
- No, estoy en estado de reverie. Adoro tus piernas.
- Putita.
Benjamín se despertó. Su frente sudaba, era algo que odiaba casi tanto como ver amanecer sin haber dormido. Y para colmo, amanecía con tan sólo unas… Miró su reloj. Dos horas. Iago estaba a su lado, sumido en lo que parecía un complaciente sueño. Su camisa estaba abierta, le sudaba el torso. Sujetaba en sus manos una argamasa de objetos de manera casi milagrosa. El cenicero, la copa y la chaqueta, quizá esta última hacía de base para los incómodos objetos de sueño. Se los quitó de encima y los depositó en la mesilla, junto al cuaderno.
- Iago…
Abrió el cuaderno. Prefirió no mirar dibujos anteriores, pudo vislumbrar muchos torsos desnudos. Todos cortados por el mismo patrón, parecía, y mejor dicho, dibujados del mismo lápiz.
La última página, húmeda aún por gotas de Spritz, coloreada de naranja Apperol en salpicaduras de chico enérgico, estaba dedicada a él. Los trazos eran como serpientes geométricas exaltadas en cólera. Benjamín frunció el ceño y miró a Iago. Siguió observando el retrato. Me imaginaba más suave. Esquinas y ángulos describían sus facciones. Realmente, Iago había clavado su presencia simétrica, el milagro de sus ojos claros como una niebla profunda. Sus cejas rectas y ascendentes, que dan sombra a un párpado curvo y perfecto, como una bóveda de medio cañón. Rectas, líneas rectas. Se levantó de un salto y pudo comprobar que estaba desnudo. Cogió el pañuelo de seda de Iago, desabrochado, que pendía del brazo del diván, y se limpió el cristalino y escamado semen de Iago, pegado a su abdómen.
- Menuda porquería- se le escapó en voz baja.
Pero no puedo evitar oler el pañuelo, mientras se dirigía al espejo. En él se miró de cerca y vio su marcada mandíbula volverse contra él.
- Tengo cara de cabrón. Tengo cara de niño fino y estúpido.
Iago, en cambio, era un efebo capaz de traducir su belleza en trazos mágicos y negros. Lo envidiaba. Envidiaba su punzante sinceridad autodestructiva, sus manos delgadas que lo tocaban como con la intención de memorizar cada una de las coordenadas de sus células y la cota de todas las curvas de su definido cuerpo. Fue en ese momento, cuando el Spritz reflejaba la más naranja luz de todas cuantas había visto, amanecía despacio pero rápido, y Iago gemía entre sueños, y olía a aceituna, cuando Benjamín prefirió irse de allí, a sabiendas de que debería quedarse toda una vida.