martes 5 de enero de 2010

la belleza del cataclismo

 

Vamos a perder todo cuanto queremos, de cualquiera de las infinitas maneras que tenemos en nuestras manos. Y si no lo están, iremos a buscarlas.

En el continuo vaivén, como una onda sonora ondulante, creemos conseguir, creemos alcanzar el fin. En el transcurso de una milésima de segundo, toda nuestra energía ascendente ha perdido su rumbo y, progresivamente, nos vemos lanzados a un vacío que parece ser abismal. Luego algo, ya sea un café que por fin se celebra con esa persona deseada, ya sea un trabajo bien hecho, esa energía descendente consigue frenarse. Parece que se está arrepintiendo, y comenzamos a subir. Lo creemos todo superado.

Cuando van pasando los años, esta actividad sigue reconvirtiendo, interpretando su patrón, cada vez a escalas más breves. Pero no por ello menos trascendentes. El movimiento de la vida se hace más vertiginoso, pero en nuestra conciencia se comienza a crear un segundo plano mucho más estático y rectilíneo. Drástico y singular. Llevamos la doble vida del que no quiere caer, del que tampoco quiere subir hasta lo más alto porque sabe que, detrás de eso, hay un precipicio agudo y seco, lleno de almohadones cuando se toca fondo.

Nos vamos dando los golpes con la bóveda celeste y con las rocas del infierno. Pero en nuestra alma, o quizá tan sólo en nuestro cubículo cerebral, las sensaciones han optado por planear como los aviones, en busca, esta vez, de sus propias corrientes cálidas de aire.

Algún día, de la manera más bella y más complaciente, el flujo terminará para nosotros. Pero dejaremos atrás una bonita estela de acciones que jamás, repito, jamás se borrarán.