jueves 18 de febrero de 2010

EL DÍA CUALQUIERA

 

Cruzó la calle en menos de cinco minutos. Aún era temprano y pocos transeúntes le impedían el paso a tal veloz elemento móvil, de un metro setenta y siete de estatura, pelo castaño claro y ojos verdes y tristes.  Su piel era del más agradable tono pálido que pudiera existir, con lunares de color violáceo y marrón, y marcas de juventud pasajera de tonos rosáceos. El flequillo, sencillo y casi imperceptible, le marcaba su –no intencionada- alta faz. Y tanto era así, que cada individuo que se le cruzaba alzaba una rápida mirada a su semblante, ávida de curiosidad, en algunos casos, y de inspiración, en otros. Pese a toda descripción de su físico, destacaba su andar impersonal. No era un robot, no era un japonés ataviado de tareas, tampoco un civil mileurista ni un estudiante de máster agobiado. Tampoco era una persona triste, ni aburrida. Pero sobre todo, esparcía pisadas que parecían estar escritas en su mente segundos antes, o quizá días. Esto es, sin duda, una persona que sabe a dónde va.

***

Elisa. Ella se llama Elisa. Es una chica de veinticuatro años que se acaba de mudar a Madrid. Qué previsible ¿no?

No. No lo es.

Elisa no es una chica cualquiera y, cueste lo que cueste, esta descripción tampoco es previsible. Ni tampoco fácil.

***

El día cualquiera de Elisa comienza cuando suena su despertador. Cuando éste suena, de su altavoz salen notas de arpa. Ella se despereza lentamente, alza sus brazos con alevosía y se estira hasta oírse crujir el mayor número de huesos posibles. Luego observa cómo la luz de la ventana se refleja en su piel blanquecina porque provoca efectos estéticos que le agradan desde siempre, manías de cada cual. Le gusta la luz de la mañana, porque es anaranjada durante un tiempo, y poco a poco se va volviendo blanca y diáfana. Se levanta siempre, o casi siempre, de un salto. Su habitación es muy sencilla, casi podría llamársele “anti-habitación” porque lo único que la identifica como tal es una cama. No tiene mesilla de noche, no tiene armario. Para eso está la habitación de al lado, donde ninguno de los otros habitantes de su hogar tiene espacio privado y ella acomodó sus prendas y sus recuerdos materiales. A Elisa le molestan los bártulos por los suelos, incluso colgados, incluso encima de repisas. Así pues, su habitación sólo tiene una cama amplia, de colcha, sábanas y demás telas añadidas de colores neutros. Hay una repisita pequeña, de madera pintada de blanco, que sirve de apoyo para los libros que se esté leyendo en ese momento, un quemador de inciensos, una vela poco usada y un espacio comodín para el enser que desee colocar si lo precisa, como puede ser su monedero mientras duerme, las llaves de la casa, el teléfono móvil. Esta repisa está encima del cabezal de la cama. Su lámpara, en el techo, es una esfera de cristal transparente, grande como un balón de fútbol, y deja ver la resistencia que da luz a la sala. Hay una alfombra muy grande de color gris en el suelo, que ocupa casi todo el espacio. Las puertas del balcón están pintadas de amarillo fluorescente, y tiene cristales transparentes. La puerta de la estancia también tiene cristales transparentes y un pomo de cerámica blanca con una golondrina pintada en esmalte en el centro. El techo es el máximo exponente de su habitación, pues tiene un gran fresco de vívidos colores que representa el paraíso. La obra es de buena calidad, alegre, muy fina, manierista, fresca y sexual. Unos chicos jóvenes de aspecto sano y fuerte descansan en una rêverie, frente a un estanque donde se lavan unas hermosas chicas de pelos rojizos. Las manzanas están desparramadas por entre los pétalos de rosas desmenuzadas, alguna flota en el agua y navega a la deriva entre ondas de agua. Una liebre corre tras un gato, margaritas blancas asoman tras las orejas de un chico de cabellos rubios y rizados, que se tapa su sexo con unas telas de fino damasco azul y blanco. Una luz dorada reina en los cielos. Hay casi cien pájaros en los pájaros. Un fénix se esconde tras una roca, mirando al espectador. Reina una atmósfera paralizada, una pantalla de cristal a veces esmerilado, a veces tintado de rosa y verde. Tras este cristal, una luz parece querer explotar en un orgasmo joven. Las sombras que proyecta la luz de Dios crean manchas oscuras en la brillante hierba. Manchas alargadas de los muchachos y muchachas, árboles y animales, que se concentran en el centro como las sombras de una hoguera de noche, y se proyectan con perspectiva de estrella de mil puntas. Este efecto crea una esfericidad en toda la obra. Tras este entramado de figuras alargadas, rosáceas, verdes de jade, aguas negras brillantes, piel de joven efebo, piel de joven musa, cabellos de niña dormida y piernas de atleta burlón, una sombra, allá por la lejanía del valle, se esconde tras la entrada a una cueva.

Las casas del siglo diecinueve son así de bonitas, piensa ella cuando le felicitan por la originalidad de su habitación.

Coge una silla de la cocina, se sube y examina este último detalle misterioso. Puede tocar y sentir el leve grosor de la pincelada de lo que parece un esbozo de un dragón arcaico, monstruoso, con cara de perro.

“Así es como los hacían en china, y más tarde en occidente”

Por su cuerpo ha recorrido un escalofrío de magnitud media. Ha tragado saliva y automáticamente, en su cabeza, quizá por efecto mágico del arte, ha entrado en un estado de shock que la somete a la horizontalidad de su cama, aún templada.

Elisa está mirando al techo, la mirada ha alcanzado otras esferas de la lógica y mira más allá, casi sin darse cuenta. Ahora ve manchas de colores perfectamente organizadas que parecen palpitar como un corazón, al son de las contracciones de las córneas de sus ojos, en su afán por enfocar la lógica.

Cierra los ojos. Su cabeza, por sí sola, le pronuncia esta mayestática frase.

ELISA VIVE DENTRO DE UN CASCARÓN.

Abre sus ojos, enfadada, desorbitada. Arruga su frente, dudosa.

Elisa vive dentro de un cascarón.

Acepta el reto y vuelve a cerrar los ojos.

***

Ella es una chica diez.  Quizá la chica a la que  tres de las seis miradas de los chicos del fresco están mirando. Consiguió el trabajo de sus sueños –o casi-. Tiene un horario buenísimo y jamás se lleva a casa las preocupaciones laborales. En el trabajo todos son jóvenes, medianamente guapos, estilosos y, para colmo, inteligentes. Casi una utopía. El capitalismo marca un equilibrio en su vida, pues sus continuas valoraciones del sistema a menudo la entristecen. Pero en base a esto, ella se regocija en su sentimentalismo, y está segura que no proviene de la ñoñería televisiva de cuando pequeña. Ella es una persona equilibradamente justa, fundamentada por y para la ética, porque ella estudia a los demás, estudia la materia viva y muerta, la que está por venir y la que ya se fue. Su cerebro es un hangar de naves espaciales aún no inventadas, siendo a su vez el embarcadero de las tres naves de Cristóbal Colón. Su sabiduría occidental digna de protagonista americano se deben a un buen centenar de libros que tocan palos como la cocina, la arquitectura, lo sobrenatural, panfletos varios, biografías, cómics sexistas, antisexistas, psicología, metafísica, biología, ensayos y todas las artes. Jamás quiso saber más. No, no era ese su propósito.

En su red social tiene muchos amigos, y más de la mitad echaría un polvo con ella, aunque fuera fugaz como la muerte de un pez naranja de pecera. Ella no sabe a quién elegir. Ella es sexual hasta la médula, e imagina por qué. Su teoría le autoafirma que su estúpida manía por parecer misteriosa crea una enorme atracción en los demás y que, si lo sumamos a un físico medio-alto de apariencia sana, impune, impoluta, que jamás ha sido tocado, el cóctel sexual está creado. Ella no hace nada por su éxito, pues realmente, cuando se lleva a un chico o a una chica a la cama, no siente nada, y por la mañana ni siente ni padece, simplemente se ríe de sí misma y de la poca pena que le da no sentir nada cuando tampoco siente nada. Al menos preferiría sentir “Una pena aniñada por no encontrar jamás al chico de sus sueños, a la compañera de cama ideal a la que confesar sus secretos, como a una amiga de tragedia griega, a la que tocar con sus dedos y hacerla gritar de amor, dolor, terror y admiración”.

Gasta su dinero en cine, viendo todo lo que puede, sin más, sin orden, sin porqués, sólo porque sabe que hay que ir al cine. Luego, toma escasos cafés con sus amigos, porque jamás tiene tiempo para nadie, ni para ella. O eso dice. Sin embargo, suele estar al corriente de las hazañas de los demás y pone un “Me gusta” en cualquier comentario o actualización de estado de sus amigos. Parece como si siempre estuviera ahí, pero sin estar.

En este momento, Elisa mira al fresco y niega con la cabeza. “No, yo no debo ser Dios en este fresco. No soy tan naranjo, no proyecto sombras con mi luz. Aunque a más de una persona la he ensombrecido”

Elisa suspira, recoge la botella de agua bajo su cama y bebe.

Cierra los ojos.

Su paraíso está formado por la idea del mundo que jamás podrá ser tocado. Acaba de descubrirlo. Su cuerpo es un jardín tan extenso y fértil, bello y puro en formas… Por más que lo utilice, no cesará de emanar amor, o algo parecido. Sus palabras son seguras siendo artífices de mentiras que no eran intencionadas. Ella tan sólo habla, y donde caiga su palabra, que siembre. Y si no es así, que siembren los demás. Cuando alguien puede darle un beso no es el otro quien piensa “Qué suerte”. Ella se mira a un espejo que le planta la cara de un chico excitado, sonrojado y feliz, que la muerde en los labios sin besar. Su cuerpo sólo palpita en su sexo, húmedo hasta dentro de unos veinte minutos. Luego, se queda sola en la cama y alza el cuello. No estoy sola. No estoy sola. Ha venido un chico a mi casa y he follado. Mañana vendrá otro si quiero. Mañana emprenderé de nuevo mi plan para atraer a aquél que me gustó hace un mes. Lo tenía olvidado.

Este es el amor joven de una chica que se baña en el pantano de aguas negras.

Tiene lo que quiere, porque manzanas mordidas y sin morder conviven sobre su cabeza.