Coges las llaves, el móvil, te aseguras de que todo esté apagado, te revisas los bolsillos y te pones bien las mangas del jersey que, al ponerte el chaquetón, se han girado sobre sí mismas molestándote en las muñecas.
Hacía veinte minutos, te levantabas del sofá, dejando la pantalla del portátil cerrada, y decidías irte.
Ahora cierras la puerta, dejando atrás tu casa, en su apacible tranquilidad y ese orden establecido que sólo tú entiendes, que sólo tú sabes controlar.
Y en cuestión de pasos, estás en la calle. En invierno o en verano, la imagen cambiaría consistentemente, pero lo importante es que estás fuera. Fuera.
¿Y ahora qué harás?


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